jueves, 8 de febrero de 2007

El vestido (parte I)

He de confesar que una de las cosas que más me ilusionan de una boda es el vestido. Así que lo primero que hice fue comprarlo en estos mis primeros días de preparación. La primera vez que llegué a una exposición de bodas, me encontré con dos estantes de importantes boutiques de novia que apilaban cantidad enorme de vestidos. Me pareció profano. ¿Qué no se supone que el vestido enaltece lo virginal (no de la novia) sino del hecho? Verlos amontonados unos con otros, entre chaquiras, encajes y lino le quitaba el efecto místico que siempre me había provocado una novia.
Escogí uno con holanes en la falda, tipo bombacho. Dos personas me ayudaron a ponerme mi primer vestido de novia. Una ponía la crinolina y la otra el vestido. Cuando salí del probador de tres espejos, lo primero que me dijo mi madre fue: tienes que bajar de peso. Su aseveración eran un poco injusta. En realidad la primera regla que aprendí al momento de comprar un vestido es que los holanes ensanchan la figura. Así que lo veía en el espejo no era precisamente el atuendo de mis sueños.. Probé tres más y por primera vez sentí ese deseo romántico de casarme de blanco. No sé que pasó, no sé si mi reflejo frente al espejo inspiró alguna neurona que tenía por ahí pero es cuando por primera vez, desee casarme.
Salí de ese lugar sin decisión. Tendría que probarme muchos más y no porque no me convencieran los que vi, sino que el simple hecho de probármelos frente a un espejo, de tener gente a mi alrededor, y de recibir la admiración de las personas, hacían de ese momento, mi momento, el centro de atención. Casarse implica una absoluta vanidad.

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